El verdadero cáncer no es el absentismo

Las recientes declaraciones de Alberto Núñez Feijóo proponiendo combatir el denominado "absentismo laboral" mediante el recorte de salarios y prestaciones vuelven a poner de manifiesto una vieja estrategia política: convertir a las víctimas en responsables de los problemas que genera el propio sistema económico.
No es una propuesta nueva. Es la reedición de una receta tan antigua como el capitalismo: cuando disminuyen los beneficios empresariales, la culpa nunca recae sobre la precariedad, la explotación, la falta de inversión preventiva o la degradación de la sanidad pública. Siempre recae sobre quienes venden su fuerza de trabajo.
Desde el Sindicato Unitario de Andalucía rechazamos frontalmente este planteamiento porque parte de un diagnóstico falso y conduce inevitablemente a soluciones injustas.
La primera manipulación consiste en identificar bajas médicas con fraude. Una incapacidad temporal no es una decisión del trabajador, sino un acto médico. Cuando un trabajador está de baja porque ha sufrido un accidente, una lesión musculoesquelética, un cáncer, una depresión o cualquier otra enfermedad, no está "faltando" al trabajo: está enfermo.
Quien cuestiona sistemáticamente las bajas médicas no está cuestionando únicamente a los trabajadores; está cuestionando también el criterio de miles de profesionales sanitarios. Las declaraciones de Feijóo han sido ampliamente criticadas precisamente por mezclar incapacidades temporales, permisos laborales y absentismo injustificado como si fueran la misma realidad.
Pero incluso aceptando que el fraude debe perseguirse cuando exista, resulta significativo que el Partido Popular vuelva a dirigir el foco exclusivamente hacia los trabajadores y nunca hacia las empresas.
¿Por qué no habla de las millones de horas extraordinarias que se realizan sin remuneración?
¿Por qué no plantea combatir la siniestralidad laboral, que cada año deja cientos de trabajadores muertos y decenas de miles de accidentados?
¿Por qué no considera absentismo empresarial el incumplimiento de la legislación preventiva, el fraude en la contratación temporal, las jornadas ilegales o la utilización sistemática de horas extraordinarias para ocultar la falta de plantilla?
Cuando un trabajador enferma después de años levantando peso, respirando sustancias tóxicas, soportando ritmos de producción insoportables o padeciendo estrés permanente, el problema no es la baja médica.
El problema empezó mucho antes.
Empezó cuando la salud se convirtió en un coste empresarial.
Empezó cuando la prevención pasó a ser un simple trámite administrativo.
Empezó cuando aumentar la productividad significó reducir plantillas mientras aumentaba la carga de trabajo sobre quienes permanecían en la empresa.
El debate sobre el absentismo pretende ocultar precisamente esa realidad.
En lugar de preguntarse por qué aumenta el número de bajas, se culpa a quien enferma.
En lugar de investigar las causas, se castigan las consecuencias.
Es exactamente la lógica del capitalismo: socializar los costes humanos de la producción mientras se privatizan los beneficios.
Desde una perspectiva sindical de clase, la pregunta correcta no es cómo reducir las bajas.
La pregunta es por qué enferma cada vez más la clase trabajadora.
¿Por qué aumentan los trastornos musculoesqueléticos?
¿Por qué crecen las patologías relacionadas con la salud mental?
¿Por qué siguen muriendo trabajadores en sus puestos de trabajo?
¿Por qué miles de personas llegan completamente agotadas física y psicológicamente antes incluso de cumplir los sesenta años?
Responder honestamente a esas preguntas obliga a mirar hacia las condiciones de trabajo y no hacia quienes las sufren.
Resulta especialmente significativo que quienes ahora hablan de "combatir el absentismo" nunca propongan combatir con la misma intensidad la explotación laboral.
Nunca escuchamos hablar de un plan nacional contra la precariedad.
Ni de una ofensiva contra las subcontrataciones abusivas.
Ni de una estrategia para reducir las jornadas excesivas.
Ni de reforzar masivamente la Inspección de Trabajo.
Ni de aumentar las inversiones en prevención de riesgos laborales.
Ni de reconstruir una sanidad pública capaz de atender con rapidez a quienes enferman.
Porque todas esas medidas afectarían directamente a los beneficios del capital.
Y ese parece ser el verdadero límite de las propuestas del Partido Popular.
Para el Sindicato Unitario de Andalucía, el problema no es que existan demasiados trabajadores de baja.
El problema es que existen demasiados trabajadores que enferman trabajando.
La solución no consiste en empobrecer a quien está enfermo.
La solución consiste en impedir que el trabajo enferme.
Eso exige reforzar la prevención, reducir la precariedad, aumentar las plantillas, eliminar los ritmos de producción incompatibles con la salud, garantizar una sanidad pública fuerte y situar la vida de las personas trabajadoras por encima de la cuenta de resultados de las grandes empresas.
Porque una sociedad verdaderamente desarrollada no se mide por cuántos trabajadores consigue devolver antes a la cadena de producción.
Se mide por cuántos trabajadores no llegan nunca a necesitar una baja porque trabajan en condiciones dignas, seguras y saludables.
El verdadero cáncer de nuestro mercado laboral no son quienes enferman.
El verdadero cáncer es un modelo económico que necesita exprimir hasta el límite la fuerza de trabajo y que, cuando ésta se rompe, pretende culpabilizar a quienes han soportado el peso de esa explotación.
Y mientras la extrema derecha no tiene el menor reparo en señalar con el dedo a quienes enferman, convirtiendo a las víctimas de la explotación en culpables de los males del sistema, la izquierda parlamentaria prefiere no cuestionar las raíces del problema. Unos criminalizan abiertamente a la clase trabajadora; otros administran con prudencia un modelo económico que continúa subordinando la salud, la vida y los derechos de millones de personas a la rentabilidad del capital. Los primeros atacan a los trabajadores de frente; los segundos encubren las causas estructurales de su explotación renunciando a enfrentarse a los grandes intereses económicos.
Frente a esta falsa alternativa, la única respuesta capaz de defender realmente a la clase obrera sigue siendo la misma que ha conquistado todos los derechos de los que hoy disfrutamos: la organización consciente de las trabajadoras y los trabajadores, la unidad desde abajo, el sindicalismo de clase y la lucha sostenida contra un sistema que convierte la enfermedad en negocio y la explotación en norma. Porque ningún gobierno regalará lo que sólo la lucha obrera puede conquistar.










