Andalucía ante una nueva oportunidad histórica: soberanía, clase y organización popular tras el 17M

El resultado de las elecciones andaluzas del 17 de mayo de 2026 deja un escenario político nuevo en Andalucía. La pérdida de la mayoría absoluta del Partido Popular supone el cierre de una etapa de hegemonía conservadora, pero no necesariamente una victoria popular. El ascenso de la extrema derecha y la consolidación de un bloque reaccionario evidencian que el vacío político dejado durante décadas por la izquierda y el soberanismo andaluz sigue sin resolverse plenamente. Al mismo tiempo, el crecimiento de Adelante Andalucía abre una posibilidad que hacía años no existía: la reconstrucción de un espacio andaluz de izquierdas, soberanista y arraigado en el pueblo trabajador.
El avance electoral de Adelante Andalucía tiene un valor político indudable. Ha conseguido recoger parte de ese voto abstencionista de conciencia andaluza y de clase que durante años se mantenía alejado de las instituciones por falta de referentes fiables. También ha canalizado votos provenientes de organizaciones históricas del soberanismo andaluz como Nación Andaluza y de sectores desencantados con la izquierda estatal.
No se trata únicamente de un crecimiento parlamentario. Lo verdaderamente relevante es que emerge nuevamente una aspiración colectiva: que Andalucía deje de ser una periferia subordinada y que el pueblo trabajador andaluz se reconozca como sujeto político propio.
Las oportunidades perdidas del andalucismo popular
La historia reciente de Andalucía está llena de oportunidades frustradas. Las manifestaciones andaluzas del 4 de diciembre de 1977 expresaron una conciencia popular andaluza masiva. Sin embargo, aquella energía fue neutralizada por la propia Transición y absorbida por el régimen autonómico español.
Más tarde, las luchas contra la OTAN y las bases militares generaron otra posibilidad de articulación popular. De allí surgió Izquierda Unida, proyecto que terminó integrado en la lógica institucional y hoy aparece agotado, rodeado de formaciones en decadencia como Podemos o el propio Partido Comunista de España.
El ciclo del 15M y el ascenso de Podemos prometieron “asaltar los cielos”, pero acabaron integrándose en la gestión de un sistema incapaz de resolver las contradicciones sociales de fondo. La izquierda estatal terminó actuando como administradora de la crisis y no como fuerza transformadora.
Ahora Andalucía vuelve a encontrarse ante otra bifurcación histórica. La cuestión central no es solamente crecer electoralmente. La cuestión es evitar que esta oportunidad vuelva a perderse.
El peligro: sustituir al PSOE por la extrema derecha
La caída de la mayoría absoluta del PP no garantiza ningún cambio favorable para las clases populares. De hecho, puede abrir la puerta a gobiernos apoyados por la extrema derecha si no existe una alternativa popular organizada y con arraigo social.
Amplios sectores del andalucismo crítico celebraron el desgaste del régimen clientelar del PSOE. Intelectuales como Isidoro Moreno denunciaron con razón el “pesebre” institucional del socialismo andaluz. Sin embargo, no existía una fuerza soberanista organizada capaz de ocupar ese espacio político. El resultado fue que el Partido Popular logró presentarse como alternativa mientras se envolvía en un andalucismo vacío, folclórico y perfectamente compatible con el centralismo español.
Hoy el riesgo es aún mayor: que la frustración social termine alimentando, más aún si cabe, a la extrema derecha.
La “Prioridad Nacional”: patriotismo para proteger al capital
El discurso de la llamada “prioridad nacional” impulsado por Vox y amparado por el Partido Popular no busca defender a los pueblos ni proteger a las clases trabajadoras. Su objetivo es dividir a la población mientras se preserva intacto el poder de la oligarquía. Hablan de invasión y de “reemplazo cultural”, pero guardan silencio ante el verdadero reemplazo que sufren nuestros barrios y ciudades: el provocado por los fondos buitre, la turistificación y las franquicias multinacionales.
En numerosos centros históricos andaluces, el comercio local desaparece, la población trabajadora es expulsada por el precio de la vivienda y los barrios pierden su identidad popular. Ahí no existe “prioridad nacional”. Ahí gobierna la prioridad del capital.
Tampoco plantean medidas reales contra la explotación laboral. Si verdaderamente quisieran acabar con el uso de mano de obra irregular, exigirían penas de cárcel severas para empresarios que se enriquecen mediante condiciones de esclavitud en el campo andaluz. Pero no lo hacen, porque esa explotación resulta funcional para los nuevos terratenientes del aceite, la fresa o los cítricos.
La llamada ultra derecha española no actúa como un nacionalismo económico clásico. Funciona como un instrumento servil de los grandes poderes económicos internacionales. Mientras dicen defender España, aplauden políticas subordinadas a intereses extranjeros y respaldan modelos económicos que destruyen el tejido productivo local. Aunque cumplen la misma función que cumplieron el fascismo y el nazismo: hacer recaer sobre la clase trabajadora las consecuencias de la crisis capitalista y evitar cualquier respuesta organizada desde la clase obrera.
La tarea estratégica: construir poder popular andaluz
La cuestión decisiva no es únicamente cuántos diputados tenga el soberanismo andaluz, sino qué proyecto político desarrolla.
El principal acierto de Adelante Andalucía ha sido mantener cierta independencia respecto a los gobiernos del PSOE y evitar integrarse completamente en la lógica del régimen. Esa posición le ha dado credibilidad entre sectores populares que desconfiaban profundamente de la izquierda institucional. Pero el siguiente paso no puede limitarse al parlamentarismo.
La izquierda soberanista andaluza necesita impulsar estructuras permanentes de organización popular: asambleas barriales, comarcales y espacios de control democrático desde abajo. No como mecanismos decorativos de participación y gestión del sistema, sino como embriones de un poder popular andaluz capaces de disputar la dirección política y económica del país para una transformación profunda y radical del sistema hacia la democracia como poder efectivo del pueblo y hacia una economía al servicio de la vida en vez de al servicio de la acumulación de capital.
La referencia de nuestra historia; la Constitución Federal de Antequera de 1883 vuelve a adquirir sentido: una Andalucía organizada desde sus municipios, comarcas y comunidades populares.
Si un diputado presenta una propuesta legislativa, esta debería discutirse previamente con la gente que lo eligió. Si existen concejales soberanistas, sus oficinas deben convertirse en espacios permanentes de participación vecinal y organización social todo ello con el objetivo de reactivar y fortalecer la conciencia social y política en el pueblo, su interés y deseo por decidir sobre los asuntos públicos que afectan a la vida de todos y todas. La política no puede reducirse a delegar cada cuatro años; a dar un cheque en blanco al representante, debe convertirse en una práctica cotidiana de ejercicio del poder por el pueblo trabajador andaluz.
La cuestión central es hacia dónde se orienta esa organización: si sirve para gestionar mejor el sistema actual o para construir uno nuevo. Si las asambleas populares funcionan como mecanismos de integración institucional o como herramientas para superar un modelo basado en la explotación, la dependencia y la subordinación nacional.
Andalucía como sujeto político
La tarea histórica pendiente sigue siendo la misma: constituir al pueblo andaluz como sujeto político consciente de sí mismo.
No se trata simplemente de construir un partido más. Se trata de que Andalucía deje de ser objeto de administración ajena y se convierta en protagonista de su propio destino colectivo.
El 17 de mayo de 2026 no ha resuelto esa tarea. Pero sí ha demostrado que existe una base social dispuesta a avanzar en esa dirección.
La oportunidad está abierta. La cuestión ahora es si volverá a desperdiciarse o si, por fin, el pueblo trabajador andaluz será capaz de organizarse para conquistar soberanía política, justicia social y dignidad nacional.










