Corrupción y poder en España: capitalismo, Estado y subordinación popular

Introducción
La corrupción se ha convertido en tema recurrente de todos los medios de comunicación durante la actual legislatura del gobierno de coalición, presidido por Pedro Sánchez. De cada portada o de cada tertulia podríamos hacernos la idea, en el mejor de los casos, de que la corrupción no es más que una anomalía moral producida por individuos concretos: políticos deshonestos, empresarios codiciosos o funcionarios corruptos. Al tiempo que se convierte en un arma arrojadiza entre las diferentes opciones partidistas que, con el “y tú más” de los partidos con capacidad de gobernar o de ser alternativa al gobierno, la acción judicial se impone a la acción política y convierten el sagrado debate público en una estridente tertulia de prensa rosa.
Con este tratamiento que se hace del fenómeno de la corrupción, se consiguen dos efectos: Uno es tener distraída a la opinión pública de los verdaderos problemas de la gente que debería estar resolviendo la clase política y que no están resolviendo (vivienda, sanidad, pensiones, dependencia, salarios...). Otro es fabricar la idea de que el problema se resolvería sustituyendo a determinadas personas, endureciendo las penas judiciales o reforzando los mecanismos administrativos de control para así afianzar, en la mente colectiva, la idea de defensa del Estado de Derecho vigente y de sus procedimientos para combatir el problema de la corrupción.
Sin embargo, una observación histórica de la España contemporánea permite sostener una tesis diferente: la corrupción no constituye una desviación accidental del sistema político y económico, sino una consecuencia estructural de las relaciones de poder propias del capitalismo.
La historia española del último siglo muestra una continuidad evidente entre las relaciones de poder político y económico que se desarrollaron durante el franquismo y las que se consolidaron después en la democracia nacida de la Constitución de 1978. Las grandes élites financieras y empresariales participaron activamente en el cambio de régimen y lograron mantener una enorme capacidad de influencia sobre los principales poderes del Estado.
La corrupción no puede ser reducida o eliminada, cambiando a funcionarios o políticos deshonestos por gente honrada. A estos últimos no se les deja alcanzar puestos significativos en la Administración Pública o en partidos o sindicatos con capacidad de decidir y movilizar. Entendemos la corrupción como la subordinación permanente de lo público a intereses privados. Las instituciones no están para servir a las mayorías sociales sino que están para garantizar prioritariamente la reproducción del poder económico. Es estructural al sistema y atraviesa gobiernos, partidos e ideologías.
Desde la periferia global, desde Andalucía, una tierra situada históricamente en la periferia económica y política del Estado español, esta cuestión adquiere además un significado específico. La historia moderna económica y política andaluza es de dependencia, latifundismo, subordinación productiva y extracción de riqueza hacia centros exteriores. Las redes clientelares, el control político de los recursos públicos y la dependencia económica son los mecanismos de reproducción de esa subordinación histórica.
En este contexto, las reflexiones de Blas Infante y del filósofo Enrique Dussel resultan especialmente útiles para comprender el fenómeno de la corrupción más allá de su dimensión puramente penal. Sus concepciones de la corrupción como separación entre el poder político y la comunidad popular permiten analizar críticamente tanto las estructuras del Estado como los procesos de institucionalización y burocratización de organizaciones políticas y sindicales.
Franquismo, capitalismo de Estado y corrupción institucional
Existe la idea de que el franquismo fue una dictadura autoritaria pero poco corrupta. Sin embargo, la dictadura franquista simplemente la invisibilizó, incorporando las prácticas corruptas en el funcionamiento ordinario del régimen.
Durante la posguerra y la etapa autárquica, el Estado franquista controlaba directamente los precios, las importaciones y exportaciones, la distribución de alimentos, las licencias económicas, los créditos, concesiones administrativas... generando enormes espacios para el clientelismo y el enriquecimiento privado de sectores próximos al aparato político. Mientras que el pequeño estraperlo popular era perseguido con dureza, las importantes redes de mercado negro y acumulación ilegal operaban bajo la protección del Estado. Militares, jerarquías falangistas, gobernadores civiles y empresarios afines participaron y se enriquecieron mediante concesiones privilegiadas, monopolios, adjudicaciones, tráfico de influencias o contrabando protegido.
El acceso privilegiado a recursos económicos permitía consolidar lealtades políticas y construir una burguesía estrechamente vinculada al aparato estatal que, con el desarrollismo en los años sesenta, evolucionó a formas más complejas de integración entre el Estado y los grandes grupos empresariales. Organismos públicos como el Instituto Nacional de Industria facilitaron enormes procesos de acumulación privada mediante: protección arancelaria, créditos públicos, monopolios regulados, contratos estatales e intervención financiera.
El caso MATESA, estallado en 1969, mostró públicamente parte de esas dinámicas. La empresa recibió enormes créditos públicos para operaciones de exportación posteriormente consideradas fraudulentas o ficticias. El escándalo afectó a importantes sectores tecnócratas del régimen y evidenció la estrecha relación entre el aparato político y las élites empresariales.
El franquismo tardío consolidó así un capitalismo profundamente dependiente del Estado, donde las fronteras entre el poder político y el poder económico resultaban extraordinariamente difusas.
La transición y la continuidad de las élites
La llegada de la democracia parlamentaria no supuso una ruptura con las estructuras económicas del franquismo. La transición política transformó el marco institucional, pero gran parte de las élites financieras, empresariales y administrativas conservaron posiciones de enorme influencia.
La monarquía parlamentaria surgida en 1978 incorporó libertades públicas, pluralismo político y mayor independencia judicial. Eso permitió que muchas prácticas corruptas comenzaran a hacerse visibles y judicializables. Pero al mismo tiempo, la nueva democracia se desarrolló dentro de un modelo económico capitalista profundamente condicionado por: grandes grupos financieros; constructoras; monopolios energéticos; concentración mediática; y dependencia de financiación privada.
La corrupción no desapareció con la democracia; simplemente cambió de forma. Y comenzó a articularse a través de: financiación irregular de partidos; adjudicaciones amañadas; comisiones; tráfico de influencias; puertas giratorias; clientelismo institucional.
La corrupción en la España constitucional
Antes incluso de que estallaran los grandes escándalos de financiación ilegal de los años noventa, la democracia española conoció ya un episodio especialmente significativo: el denominado caso Flick. El escándalo tuvo su origen en una investigación desarrollada en Alemania sobre las actividades del poderoso grupo industrial Flick, una de las principales corporaciones de la República Federal Alemana. Las investigaciones revelaron la existencia de pagos a partidos políticos alemanes y sacaron a la luz operaciones vinculadas a la financiación de formaciones políticas en distintos países europeos.
En España, las pesquisas apuntaron a transferencias millonarias realizadas durante los años de la Transición a dirigentes y estructuras políticas vinculadas a la consolidación del nuevo régimen constitucional. Aunque las responsabilidades penales nunca llegaron a concretarse de manera concluyente en los tribunales españoles, el caso puso de manifiesto una cuestión fundamental: la participación directa de grandes grupos económicos internacionales en la configuración política del nuevo Estado democrático.
La cuestión central no era únicamente quién recibía el dinero, sino quién estaba en condiciones de aportarlo y con qué objetivos estratégicos. Desde esta perspectiva, el caso anticipaba una dinámica que reaparecería repetidamente en las décadas siguientes: la estrecha relación entre el poder económico de la oligarquía española y de potencias extranjeras y el poder político español.
La evolución política de la España constitucional muestra una característica fundamental: la transversalidad de la corrupción. Los principales partidos que han gobernado el Estado desde 1978 se han visto afectados por investigaciones, procesos judiciales y escándalos relacionados con la financiación ilegal, el desvío de fondos públicos y la utilización partidista de estructuras institucionales.
Durante los gobiernos del PSOE con Felipe González aparecieron algunos de los primeros grandes casos de corrupción de la democracia. El caso FILESA reveló mecanismos de financiación irregular mediante empresas pantalla y facturación ficticia destinadas a sufragar campañas electorales socialistas. El caso Roldán mostró el enriquecimiento ilícito desde la dirección de la Guardia Civil. El caso GAL incorporó además el uso ilegal de fondos reservados y terrorismo de Estado.
Con la llegada del Partido Popular al gobierno, las dinámicas corruptas no desaparecieron. Casos como Gürtel, Bárcenas, Púnica o Kitchen mostraron: redes de adjudicación pública; financiación opaca; utilización de aparatos policiales; estructuras clientelares; y relaciones privilegiadas con grandes empresarios.
Posteriormente, investigaciones relacionadas con los ERE andaluces, contratos públicos durante la pandemia o rescates empresariales han seguido mostrando mecanismos similares, independientemente del color político de los gobiernos.
La repetición histórica de estas dinámicas revela que la corrupción no puede explicarse únicamente por conductas individuales. Los mecanismos se reproducen porque responden a relaciones estructurales entre poder económico y aparato estatal.
Empresas, sindicatos y captura institucional
Uno de los aspectos más complejos de la corrupción contemporánea es la relación entre grandes empresas, administraciones públicas y organizaciones sociales.
En la España constitucional han aparecido numerosas investigaciones relacionadas con: financiación empresarial de sindicatos; subvenciones públicas; fundaciones; cursos de formación; ONG; y asociaciones vinculadas al poder político.
Aunque muchas de estas relaciones se desarrollan formalmente dentro de marcos legales, generan un problema político central: la dependencia económica de organizaciones que deberían representar intereses sociales autónomos.
El modelo de concertación social desarrollado durante la Transición integró institucionalmente a grandes sindicatos y patronales dentro del aparato político-administrativo.
Cuando un sindicato depende más de las subvenciones que de las cuotas de sus afiliados, pierde independencia y se debilita su capacidad de confrontación.
El caso PSV y las contradicciones del sindicalismo institucional
La cooperativa Promoción Social de Viviendas, impulsada por UGT, pretendía facilitar vivienda asequible a trabajadores mediante un gran modelo cooperativo. Miles de familias obreras depositaron en el proyecto sus ahorros y expectativas. Sin embargo, en 1993 PSV suspendió pagos, dejando paralizadas numerosas promociones inmobiliarias y afectando gravemente a miles de cooperativistas. Las investigaciones judiciales señalaron: irregularidades de gestión; desvío de fondos; y utilización opaca de recursos económicos.
Más allá de las responsabilidades penales individuales, el caso mostró cómo una gran organización sindical podía terminar funcionando bajo lógicas empresariales alejadas de su base social.
El problema no residía únicamente en posibles delitos concretos, sino en un proceso más amplio de integración institucional y burocratización. El caso PSV simbolizó para muchos trabajadores una crisis de confianza entre aparato sindical y comunidad obrera.
Enrique Dussel y la corrupción de lo político
La primera tesis política de Enrique Dussel (20 tesis de política, 2006), aporta herramientas especialmente útiles para comprender este fenómeno. Dussel sostiene que la corrupción política no comienza necesariamente con el robo o el soborno. Existe una corrupción más profunda: aquella que aparece cuando las instituciones dejan de obedecer a la comunidad popular y comienzan a servir a intereses privados o burocráticos.
Dussel diferencia entre el poder que nace del pueblo y el poder que ejercen las instituciones en su nombre. Cuando las instituciones olvidan a quienes representan y empiezan a servir a otros intereses, aparece la corrupción política. Y la política deja entonces de orientarse al bien común y pasa a convertirse en instrumento de dominación.
Dussel también insiste en que la democracia no puede reducirse a procedimientos electorales. La participación popular permanente resulta esencial para impedir la autonomización de las élites políticas y económicas.
Desde esta perspectiva, una sociedad puede mantener elecciones formales y, sin embargo, encontrarse profundamente corrompida si las decisiones fundamentales quedan subordinadas a poderes económicos privados.
Andalucía: clientelismo, dependencia y subordinación
Mucho antes de que Enrique Dussel formulara su crítica a la corrupción de lo político, Blas Infante ya había advertido sobre el fenómeno al analizar las élites dirigentes de su tiempo. En diversos textos denunció la existencia de una clase política incapaz de pensar desde las necesidades colectivas del pueblo y orientada fundamentalmente por intereses materiales inmediatos. Frente a una política inspirada por ideales de justicia y emancipación, Infante criticaba a aquellos dirigentes que «piensan con el estómago», expresión mediante la que aludía a quienes hacen política buscando privilegios personales en lugar de servir al bien común.
La crítica infantiana trasciende la mera denuncia moral. Pensar con el estómago significa reducir la política a una actividad orientada por intereses particulares y no por principios colectivos. Cuando el gobernante, el representante o incluso el dirigente social actúan guiados por su propia conservación material o por los intereses de las élites económicas que los sostienen, la política pierde su función emancipadora y se transforma en instrumento de dominación.
Desde esta perspectiva, la corrupción no comienza necesariamente cuando aparece el soborno o la malversación. Comienza mucho antes, en el momento en que quienes ejercen responsabilidades públicas dejan de sentirse parte del pueblo al que dicen representar y pasan a integrarse en una lógica de privilegio. Esta reflexión de Blas Infante anticipa de forma notable la tesis que décadas después desarrollaría Enrique Dussel al afirmar que la corrupción surge cuando la potestas se independiza de la potentia, es decir, cuando las instituciones dejan de obedecer a la comunidad que les dio origen.
En Andalucía, la corrupción adquiere una dimensión histórica específica porque la estructura económica andaluza ha estado marcada durante siglos por: concentración de la propiedad; el latifundismo; la dependencia exterior; el monocultivo; la subordinación productiva; y el paro estructural.
En este contexto, las redes clientelares han funcionado frecuentemente como mecanismos de control político y reproducción social. Por eso, el acceso al empleo público, las ayudas agrarias, las subvenciones, la contratación institucional o los programas de formación han servido muchas veces para crear relaciones de dependencia política.
La corrupción no aparece entonces únicamente como enriquecimiento individual, sino como forma de gobierno y gestión de la subordinación social. Por eso, desde los intereses del pueblo trabajador andaluz, la crítica a la corrupción no puede limitarse a reclamar castigos judiciales o elecciones anticipadas. Debe cuestionar: la concentración de poder económico; la dependencia estructural; el control oligárquico de recursos; y la subordinación de las instituciones públicas al capital.
Conclusión
La historia contemporánea española muestra una continuidad fundamental: la subordinación recurrente de las instituciones públicas a intereses económicos privados. Desde el franquismo hasta la democracia parlamentaria, reaparece constantemente la misma lógica estructural.
La corrupción no constituye únicamente un problema moral o penal. Es una expresión política de un sistema económico basado en: concentración de riqueza; desigualdad; captura institucional; dependencia financiera; subordinación de lo público al capital privado.
Por eso, combatir la corrupción exige mucho más que sustituir gobiernos o endurecer condenas judiciales. Significa repartir el poder económico, democratizar las instituciones y devolver a la ciudadanía el control de las decisiones que afectan a su vida.
Desde una perspectiva andaluza, sindical y de izquierdas, la lucha contra la corrupción no puede separarse de la lucha por la la soberanía popular, la justicia social, la democratización económica, la autonomía política y el control comunitario de las instituciones.
Mientras las grandes estructuras económicas sigan condicionando las decisiones fundamentales del Estado, la corrupción seguirá siendo una consecuencia inherente del capitalismo contemporáneo.
La cuestión central no es únicamente quién gobierna, sino para quién se gobierna. Cuando accedemos a cargos representativos políticos o sindicales, la cuestión central no es únicamente gestionar el sistema que nos viene dado, sino gestar las instituciones populares con las que transitar hacia un nuevo sistema de justicia social.










